La sombra del poder

La nueva pelicula del escocés Kevin Macdonald, experto documentalista que debutó hace tres años en el largometraje de ficción con el entretenido, pero finalmente superficial e intrascendente, El último rey de Escocia, relato del estrafalario y terrible dictador de Uganda Idi Amin, da la mano a los quizá dos oficios más denostados que existen en la actualidad, la política y el periodismo. Macdonald y sus guionistas construyen una compleja trama que disecciona los finos tentáculos del poder, su intrincada maraña de intrigas, su rendida pleitesía a los intereses de las grandes empresas disfrazada de servicio al ciudadano. Y es que el mundo que describe Macdonald no podría ser más real. Es éste el mundo de las altas esferas, el ferozmente capitalizado que amenaza con hacer eso mismo con la seguridad nacional e internacional al dejarla en manos de las empresas privadas. En el mundo real muchas de las atrocidades perpetradas en Irak o Afganistan no son cometidos por soldados del ejército sino por miembros de empresas privadas, contratistas del Departamento de Defensa formadas por militares retirados y en muchos casos con antecedentes psiquiátricos. En el futuro esas contratistas podrían hacerse con la seguridad también en territorio americano. Estados Unidos amenaza con privatizar, tal y como ocurre desde siempre con la sanidad, la seguridad de sus ciudadanos. Pero si esta advertencia es uno de los pilares de esta película, no lo es menos su brillante análisis de la situación del periodismo y más concretamente del periodismo impreso, y de cómo éste ya está íntimamente ligado a los mismos intereses antes citados.

Helen Mirren, Rachel McAdams y Russell Crowe.

Helen Mirren, Rachel McAdams y Russell Crowe.

En este sentido La sombra del poder se revela como un honesto homenaje a una forma de hacer periodismo y a un profesional de esta forma de comunicación que está a punto de extinguirse, aniquilado por el voraz avance de Internet y sus blogs, exterminado por el consumo rápido, el gusto por lo sensacionalista, por el affaire amoroso del político más que por las leyes que ha respaldado. La sombra del poder supone la despedida definitiva al diario impreso a la vez que la reivindicación más enérgica de una forma de hacer periodismo comprometido y responsable a la vez que peligrosa (y es que el periodismo sólo es peligroso cuando se hace bien). En ese sentido el siempre formidable Russell Crowe encarna a un héroe de otros tiempos, un incansable buscador de la verdad cuyo susurro de desesperación pronto será ahogado por los gritos del último rumor propagado por la red, cuya mirada reflexiva y sosegada de las cosas pronto será enturbiada por la acuciante necesidad de la primicia y de anticiparse a la competencia. La sombra del poder dibuja el futuro más oscuro imaginable para el periodismo, un futuro en el que el valor de la prensa no tendrá nada que ver con el número de políticos corruptos derribados, ni con la denuncia, ni con la verdad, sino con el número de usuarios de la edición Web, un futuro en el que las redacciones tradicionales serán estrechadas progresivamente hasta su desintegración, ocupadas por trasnochados gordinflones de barba descuidada que duermen sobre sus teclados y sueñan con los tiempos en los que la prensa era el cuarto poder para alguien más que para un político adultero.

Russell Crowe y Ben Affleck.

Russell Crowe y Ben Affleck.

Para el resto, es decir los que no son periodistas, o estudiantes de periodismo, o para los que no les importa una mierda nada, podrán disfrutar de un thriller modélico con algún subrayado innecesario para hacer más digerible una trama que nunca deja de complicarse y que depara más de un giro de guión imprevisible y nunca gratuito. Es La sombra del poder uno de los mejores thrillers con implicaciones políticas y económicas que recuerdo, quizá el mejor desde que Michael Mann rodará también con Russell Crowe de protagonista esa Obra Maestra llamada El dilema. Hasta un felizmente recuperado Ben Affleck brilla en el papel del político comprometido vencido por las circunstancias y el descrédito. Frenético, sorprendente, adulto e inteligente desde el primer al último minuto. Así es esta cinta hecha para toda persona con conciencia. Para los periodistas o para quienes quieran serlo, debería ser desde ya su película de cabecera, y la cinta a la que deberían acudir como si de una prescripción médica se tratara cuando lleguen los nubarrones.

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